lunes, 6 de febrero de 2017

250. Olvidos

Frío. El laboratorio del alquimista estaba cerrado a cal y canto. Niebla. La correspondencia de tres o cuatro días se acumulaba en la cesta que había dejado atada con una cuerda a la manilla de hierro, bajo la protección del marco de piedra. Soledad. Nadie le había visto por el pueblo, ni camino al bosque, un paseo que hacía con regularidad. Encierro. El único que le echó en falta fue su amigo el barbero; le había encargado un botellín de láudano y lo necesitaba con urgencia. Distancia. Estaba empezando a preocuparse, más por su necesidad del analgésico que por el bienestar de su amigo. Silencio. Echó un vistazo al cesto, por encima, sólo por si encontraba algo inusual, lo que fuera, como el botellín que le había encargado. Curiosidad. Vio un papel doblado, prendido con un alfiler al mimbre, que estaba dirigido a él, al barbero. Esperanza. Sacó el papel y le dio la vuelta; tenía el sello del alquimista. Desenlace. El barbero tiró la puerta abajo, lo intentó, o lo pensó; su encargo estaba dentro de un armario, de alguno de los tantos que había en el laboratorio; se suponía que tenía que buscarlo, ¿pero cómo?; el alquimista olvidó dejarle la llave, o las llaves; en su nota le dijo que entrara, que cogiera lo que necesitara, que le dejaba la llave, o las llaves, debajo de una piedra; pero no encontró nada, cosa que tampoco le extrañó porque así era él. Resignación. Tendría que esperar al día siguiente, a que volviera de su "inesperado viaje"; no importaba, al menos ahora sabía que su amigo estaba bien.







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