Érase un
recuerdo que repetía su aparición cada año, en el día de la marmota.
Salía del armario abrazado a una de esas palabras sagradas que no se pueden decir en voz alta.
Iban de bar en bar, de copa en copa de vino tinto, hablando de todo y de nada, sobre todo de esto último.
Ella, la palabra, era bella. Por ponerle un
nombre, la llamaremos…
Ella, la palabra,
tenía el poder de transformar un día gélido y nublado de invierno en uno de
esos días soleados, aunque siguiera siendo invierno. Pero, ya me entiendes, el
frío era menos frío y a su lado la tristeza se esfumaba.
Ella, la
palabra, rescató al recuerdo del destierro de la soledad. A punto de caer en la
locura del pozo de nostalgia, la palabra le abrazó y el recuerdo encontró
alivio, cobijo y una corbata para mojar en el cacao de la mañana.
La
llamaremos…
El
recuerdo, en su ahora, la añora. Porque fue terminar de pronunciarla y la
palabra se desvaneció en el infinito.
Al recuerdo
le queda un extraño vacío que intenta olvidar, o llenar con nuevos tiempos y
palabras profanas y alguna sagrada. Pero aquella…
Aunque, es
verdad, cada año ambos, recuerdo y palabra, vuelven a salir abrazados del
armario en el día de la marmota…
@RomiMori-iroMimoR
Para alguien a quien echo de menos cada dos de febrero, en quien basé un personaje de mi Kipu y cuyo nombre allí dentro es...
Rosita la marmotita de nuestra lejana hermandad,...
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