martes, 31 de enero de 2017

244. El benjamín

El condenado caminaba despacio por el corredor, esposado de pies y manos, escoltado por dos guardias que le superaban en estatura y le doblaban en corpulencia. Nadie hubiera imaginado que acabaría así...

Durante su niñez y su juventud, vivió en la casa más grande, de la calle más rica de un pueblo que, en general, era muy pobre. 

Era el menor de trece -seis hermanos y seis hermanas-, y el preferido de su padre, un general retirado que poseía tierras de cultivo, una hacienda, algunos negocios y varios inmuebles a los que sabía sacar partido. Su madre, su pobre madre, sólo tenía ojos ciegos para él.

«Es hijo del demonio», solían decir en aquel pueblo tan dado a inventar historias, como entregado a sus creencias religiosas. Aquello se convirtió en toda una leyenda, iniciada por el relato de la vieja comadrona. 

Ella aseguraba que en la noche en la que atendió aquel parto, vio una sombra que salía de detrás del armario. Al principio pensó que se trataba del general que había vuelto a la habitación, algo que le pareció muy extraño, porque era de los que pensaban que el acto de parir era un asunto reservado únicamente para las mujeres. En los doce partos anteriores, él jamás dio muestras de preocupación alguna por su mujer o por su nuevo hijo o hija; de hecho, según sabía la comadrona, el general aprovechaba esos momentos para atender alguno de sus negocios. 

Esa noche no tenía por qué ser diferente y, en todo caso, él era el único que podía haber quebrantado la orden de no entrar, de no interrumpir lo que allí dentro se estuviera haciendo. Por algo él era quien mandaba. 

Así es que, cuando la vieja percibió por el rabillo del ojo un movimiento, se giró en el momento en que la sombra crecía y tomaba una forma humanoide que salió de la pared con la mirada enrojecida, unos enormes y enroscados cuernos, y una risa que sonó a cuchillos que se afilan. Aquella aparición duró un instante y cambió el destino de dos personas. Ella, la comadrona, no quiso volver a atender ningún parto durante la noche y su sobrina, que la asistía para aprender el oficio —y aún no había cumplido los dieciséis—, se asustó tanto que enloqueció. 

La madre parturienta no se enteró del grito, ni de la mirada encendida, ni de la sombra que la vigilaba, quizás porque estaba ocupada con sus propios gritos, o porque tenía los ojos cerrados, o porque sólo le preocupaba que su hijo llegara bien. 

—Aquí tienes a tu winsho, bautízalo cuanto antes —le dijo la comadrona con tono de enfado y le entregó a su recién nacido. 

La vieja estaba pálida y tenía el ceño fruncido; quizás se había disgustado con su sobrina que no dejaba de lloriquear. 

«Algo habrá hecho la mocosa», supuso la madre y nunca más volvió a pensar en ello, ni siquiera años después, cuando se enteró de las habladurías sobre la sombra, el demonio, la sobrina enloquecida y el retiro prematuro de la comadrona. Si hubiese prestado un poco de atención a ciertos indicios, habría podido evitar el devenir del benjamín. ¿Habría podido?

Todavía era un niño cuando empezó a deshacerse de sus hermanos. 

Logró hacer que todos se fueran de la casa, del pueblo, del país. Ninguno de ellos le quería, esa era una verdad como una catedral. No lo demostraban ante sus padres porque no querían hacerles sentir mal, sobre todo a su madre, que se desvivía por él. No se sentían apartados, no se sentían menos, no le tenían celos. Nunca hablaron sobre esto entre ellos; si lo hubiesen hecho, habrían descubierto que todos coincidían en una sospecha: que su hermano no tenía alma. Por eso, cada uno se marchó en cuanto vio la oportunidad. Los estudios en el extranjero y el prestigio social que eso otorgaba a la familia, fueron la coartada perfecta para huir de su presencia. Incluso ellas, en aquella sociedad machista, se las ingeniaron para convencer a su padre de estudiar fuera, en universidades que les permitieran conocer pretendientes extranjeros que, a la larga, pudiesen ser buenos contactos para sus negocios. Al principio les escribían interminables cartas y llamaban cuando el primer teléfono fue instalado en el pueblo; pero dejaron de hacerlo porque todo lo que les contaban sobre su pequeño hermano era tan surrealista, tan falto de dignidad, que dejaron de reconocerles. Su padre, un general que ponía el honor y la disciplina por delante de cualquier privilegio, se había doblegado ante los antojos de su hijito. Mientras que su madre, su pobre madre, solía reírle las diabluras y terminar disculpándolo con un «ya crecerá». Y ellos, sus hermanos, sabían perfectamente que él ya había crecido. Claro, ninguno sospechaba que en su último estirón, en el lugar donde la columna termina su casto nombre, además de pelos le había crecido una cola que más parecía un muñón y que él aprendió a guardarla en el único sitio que podía —y que le placía— esconder. Incluso si cualquiera de ellos, hermanos, hermanas, padre y madre, hubiesen tenido conocimiento sobre este pequeño detalle anatómico, no habrían sido capaces de relacionarlo con la leyenda que se sazonaba en el pueblo o de prevenir los delitos que cometería. Ni siquiera sabiendo todo esto, sus padres, sus hermanos o el pueblo entero, hubieran sido capaces de adivinar el sinsentido que sería capaz de esparcir bajo el amparo de ese sentimiento de superioridad que tuvo desde muy pequeño. 

Al menos, esto último ocurrió mucho después de que sus padres murieran -les habría partido el corazón- y de que él se hiciera con toda la herencia para irse fuera, al extranjero, por supuesto, lejos de sus hermanos y de sus hermanas. 

Pero también se fue lejos de la sombra de su verdadero progenitor, único habitante de la casa en decadencia y del viejo armario de tejo. Si el benjamín se hubiese llevado el mueble con él, quizás se hubiera librado de la cárcel y del corredor de la muerte. Quizás.

No hay comentarios:

Publicar un comentario