¡Ay, la morriña! Esa
sensación lejana, aunque presente. El deseo de seguir siendo pequeñina en la
noche de reyes. Esa nebulosa de recuerdos desde la que sólo puede sacar en
claro unas muñecas y la necesidad de esconderse para jugar dentro del armario…
Porque hay otros… Unos hermanos deseosos de arrebatarle sus indefensas figuras
de trapo para usarlas en el tiro al blanco. Y hay algo más, una sensación de
huida, de desarraigo, un dolor impreciso que no consigue dar forma y que sólo
logra calmar cuando ayuda a los demás. Ese es su refugio, uno en el que no
tiene que permanecer encerrada.
Ser una xana y tener a unos cuantos trasgos como hermanos era incomprensible para los habitantes del reino del bosque.
Esa fue la razón por la que se fueron, para intentar rehacer sus vidas junto a los humanos.
Adoptaron sus costumbres, sus fiestas, sus tradiciones, sus juegos… y se vieron obligados a crecer.
Antes de salir del bosque usaban su imaginación para divertirse, eso era lo único que les hacía falta. Pero, desde que estaban en ese otro mundo, empezaron a necesitar juguetes.
¡Ay, la morriña! Hacía mucho tiempo que ella se había olvidado de la vida entre los árboles, de esa vida en libertad.
También olvidó que ella era un ser inmortal que se vio obligada a crecer, a convertirse en una humana más. Ni siquiera recordaba a sus hermanos, ni ellos sus orígenes.
Dispersos y errantes. Vidas cambiantes y anónimas.
¿De qué otra manera podrían haber sobrellevado su inmortalidad sino?
Tampoco eran conscientes de que llevaban más de un siglo teniendo la misma edad, plantados en los cuarenta quizás; era un poco difícil de calcular.
¡Ay, la morriña! El único recuerdo vago era ese, de cuando era pequeñina y de sus primeras noches de reyes. No importaba si ya no tenía dónde esconderse. Lo único posible era el olvido y la eterna entrega a los demás.
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