sábado, 14 de enero de 2017

227. Civilización

En el mundo subterráneo imperaba la ley del menor esfuerzo. No era de extrañar porque todos sus habitantes seguían las enseñanzas de los inspiradores. Ellos se turnaban para repetir las inscripciones del armario que contenía el objeto de su devoción que era la 'caja sagrada'. 
Esas inscripciones decían cosas tales como: 'Eduardo estuvo aquí', 'la pereza es la madre de todas las ciencias', 'audiovisuales',  'Josy ama a Fran', 'clase de 1969', 'no rayes el mueble', 'chicas pantis', y algunas otras hendiduras que aún estaban por ser descifradas. 
Los inspiradores lo harían a partir de la sabiduría de las imágenes que aparecían en la caja sagrada y que también debían interpretar porque en ocasiones se veían algo borrosas, aparecían a la mitad, se movían de arriba hacia abajo o se volvían puntos.
La calma que proporcionaba aquel sistema se vio gravemente afectada el día en que la caja sagrada dejó de funcionar. Todos empezaron a pelearse. Culparon a los inspiradores por la falta de orden y esperanza. Cada inspirador fundó su propia escuela de interpretación. Las escuelas se pelearon entre sí por la custodia del armario con la caja sagrada, supuestamente destinada a la verdadera y única escuela. Quienes se dedicaban a rebuscar alimentos en el vertedero -cuyas profundidades llegaban hasta el túnel principal- dejaron de hacerlo. Y un montón de etcéteras más que estuvieron a punto de destruir aquella forma de vida. 
El caos reinó hasta que un grupo de niños, que estaban muertos de hambre, fueron por sus propios medios hasta el vertedero. Uno de ellos, o de ellas, encontró un cesto de fruta que estaba medianamente podrida. En el fondo descubrieron unas viñetas sobre un perro, un gato, una abeja y una extraña raza de hombrecillos diminutos y azulados. Aquel hallazgo se convirtió en la salvación del mundo subterráneo: las viñetas fueron consideradas como las nuevas escrituras sagradas.  

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