En una tarde tardía, cuando el invierno se tornó crudo y despiadado, un estruendo crujió el espacio convirtiéndolo en un vacío cruel e insoportable.
El tronco del único y último árbol, se rajó desde la copa hasta la raíz. Su madera se volvió azul y celeste y gris. Murió de pie y de pie se quedó.
Alguien, un oportunista, elevó su voz por encima del llanto de la multitud. Todos, menos él, estaban consternados ante la irreparable pérdida. Cuando se escuchó el fuerte ruido, había estado cortando leña; mejor dicho, se encontraba despedazando los pocos muebles que le quedaban, una silla, un armario y una mesilla de noche, para usarlos como combustible.
—¡Dejaos de boberías! ¡Debemos aprovechar sus restos para calentarnos!
Blandió el hacha por encima de su cabeza, como si con ello pudiera cortar el silencio que le rodeó, y avanzó en dirección al árbol. En ese momento, un viento gélido detuvo el tiempo y apagó el movimiento.
Un ser de hielo y nieve descendió desde la copa del árbol y se paseó por entre el petrificado bosque humano. Puso un dedo sobre el filo del hacha y ésta se convirtió en nieve que no tardó en deshacerse y en caer. Entonces sopló hacia la multitud y desapareció.
Todos volvieron a caminar, a correr, a volver a sus casas despavoridos.
El único que se quedó en el sitio, petrificado, condenado a abonar las tierras en las que nacería un nuevo bosque, fue el oportunista. Un único y diminuto copo de nieve se quedó entre sus dedos como recuerdo del hacha. Su resistencia a dejarse caer, a derretirse, duró hasta los primeros días de la primavera. Aunque era más pequeño que una gota de rocío, su peso fue suficiente para tirar abajo el cuerpo momificado del hombre que no tuvo la decencia de mostrar un poco de respeto hacia el árbol milenario.
Qué BELLO cuento!!!
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