sábado, 21 de enero de 2017

234. De vuelta a la cama

En la frontera entre la Ciudad del Sueño y Pesadilla Ciudad Capital, había un armario sin fin. Sus paredes interiores, el suelo y el techo, estaban cubiertos por espejos. La barra del perchero era semicircular y automática. Cada vez que se abrían las puertas, la barra acercaba una percha de plata que, de no necesitarla, continuaba su camino hacia el fondo que no llegaba a verse. Los padres y las madres usaban estas perchas cada vez que sus pequeños se volvían repelentes durante algún paseo a la capital; les colgaban de ellas y las perchas desaparecían a las criaturas en el interior. La velocidad de las perchas aumentaba cuando estaban a punto de llegar a los armarios de sus habitaciones; éstos, que no aguantaban berrinches, escupían a los infantes hacia sus camas y éstas, que no tenían que esperar demasiado a verles roncar, les arropaban para que no cogieran frío.

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