Hiesos, el anciano
fabulador y mago espiritista, parloteaba con su sombra. Estaban planeando su
fuga mientras caminaba midiendo su celda de cuatro pasos por cuatro.
—Llegaremos a Ftía
durante la noche. Durante la noche. Tres días después de zarpar. Zarpa del
león. Tenemos que contactar con Leonardo Ateo, el capitán de las siete naves
cóncavas y efímeras; él nos llevará. ¿A dónde nos llevará? A casa, de vuelta
a... Espera, tenemos que pensar en sobornarle o en pagarle, o en ambos. Le
honraremos con una aljaba que haremos con la piel del celador, ese gordinflón.
La piel del gordo. Será asqueroso curtirla, pero... Asqueroso, realmente
asqueroso. Pero inútil. Entre tú y yo no podremos cargar con él hasta el otro
lado de la muralla. Tendremos que pensar en otra cosa. Otra cosa. Saquearemos
el armario del cocinero, aquel en el que guarda el pan de heno. De heno no, de
centeno. Eso, una bala de heno de esas que parecen un pan gigante y que rueda
por el campo. No veo la hora de llegar a Ftía. Y al mar. Robaremos al cocinero
para pagarle al capitán. El cocinero guarda una guadaña de oro. Lo sé, porque
la he visto, o la he soñado. Con ella cortaremos la personalidad del celador,
aquel falandeiro de dos cuartos de nada. Y pagaremos el viaje
al capitán. Y cegaremos el campo de heno...
El celador, que llevaba escuchando un buen rato los desvaríos del anciano, se asomó a las rejas y con socarronería, le dijo:
—Si te hace falta
herramientas, algún arma, o las llaves de toda la prisión, lo que sea, me lo
dices y lo conseguiré para ti. Sabes que eres un maestro para mí.
Los compañeros del
celador, que permanecían ocultos a los lados de la celda y que también habían
estado escuchando al viejo, soltaron una risilla que no se tomaron la molestia
en disimular. Pero al cabo de un momento se quedaron en silencio.
La expresión del celador
se transformó en una mueca de horror.
Sus compañeros se
adelantaron hacia él, pero se quedaron de una pieza cuando vieron que la sombra
del anciano le estaba devorando. Se lo tragó de la cabeza a los pies y de un bocado.
El celador desapareció.
¿Hemos dicho que Hiesos era un mago?
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