jueves, 26 de enero de 2017

239. Hiesos

Hiesos, el anciano fabulador y mago espiritista, parloteaba con su sombra. Estaban planeando su fuga mientras caminaba midiendo su celda de cuatro pasos por cuatro.

—Llegaremos a Ftía durante la noche. Durante la noche. Tres días después de zarpar. Zarpa del león. Tenemos que contactar con Leonardo Ateo, el capitán de las siete naves cóncavas y efímeras; él nos llevará. ¿A dónde nos llevará? A casa, de vuelta a... Espera, tenemos que pensar en sobornarle o en pagarle, o en ambos. Le honraremos con una aljaba que haremos con la piel del celador, ese gordinflón. La piel del gordo. Será asqueroso curtirla, pero... Asqueroso, realmente asqueroso. Pero inútil. Entre tú y yo no podremos cargar con él hasta el otro lado de la muralla. Tendremos que pensar en otra cosa. Otra cosa. Saquearemos el armario del cocinero, aquel en el que guarda el pan de heno. De heno no, de centeno. Eso, una bala de heno de esas que parecen un pan gigante y que rueda por el campo. No veo la hora de llegar a Ftía. Y al mar. Robaremos al cocinero para pagarle al capitán. El cocinero guarda una guadaña de oro. Lo sé, porque la he visto, o la he soñado. Con ella cortaremos la personalidad del celador, aquel falandeiro de dos cuartos de nada. Y pagaremos el viaje al capitán. Y cegaremos el campo de heno...

El celador, que llevaba escuchando un buen rato los desvaríos del anciano, se asomó a las rejas y con socarronería, le dijo:

—Si te hace falta herramientas, algún arma, o las llaves de toda la prisión, lo que sea, me lo dices y lo conseguiré para ti. Sabes que eres un maestro para mí. 

Los compañeros del celador, que permanecían ocultos a los lados de la celda y que también habían estado escuchando al viejo, soltaron una risilla que no se tomaron la molestia en disimular. Pero al cabo de un momento se quedaron en silencio.

La expresión del celador se transformó en una mueca de horror.

Sus compañeros se adelantaron hacia él, pero se quedaron de una pieza cuando vieron que la sombra del anciano le estaba devorando. Se lo tragó de la cabeza a los pies y de un bocado.

El celador desapareció. 

¿Hemos dicho que Hiesos era un mago?

No hay comentarios:

Publicar un comentario