lunes, 9 de enero de 2017

222. Matrioska

La ilustradora estaba trabajando en varias ideas que tenía en mente. 

Sobre su tablero tenía un par de bocetos avanzados, unas cuantas pruebas de color, dos guiones de secuencias garabateadas, una libreta de apuntes y un dibujo que empezó como un intento de distraerse. Le estaba quedando algo extraño, pero le gustaba. 

Era la imagen de una mujer que le hacía pensar en una de esas muñecas rusas, una matrioska; su silueta le había quedado como si se tratara de una botella, una de esas que casi no tienen cuello. Le dibujó un abrigo en cuyo estampado imitaba a un armario vintage. La mujer sostenía en los brazos a tres patitos, como si los acunara y estaba mirando hacia ellos. El resto del espacio estaba en blanco.

La ilustradora no estaba segura de si debía ubicar a aquel personaje en un paisaje natural, como en medio de un bosque, en uno urbano, como en medio de una calle futurista, o inventarse un espacio interior. Estaba pensando en esto cuando la matrioska levantó la vista para mirarla directamente y empezó a hablarle:

—Escógeme como portada de un libro de cuentos. No me importa lo que puedas dibujar alrededor mío, ni lo que cuentes sobre mí. Lo único que deseo es ser lo primero que los lectores verán antes de abrir y empezar a leer el libro. Si eso cuenta como ambición, te autorizo a que cuentes que soy ambiciosa.

La matrioska ocultó su mirada fijándola en los tres patos que, hasta ese momento, estuvieron moviendo sus cuellos, mirando de un lado a otro, como si tomaran parte de la conversación. 

La quietud volvió al papel mientras que una agitación, mezcla de entusiasmo e incredulidad, se apoderó del espíritu de la artista. 

Nunca supo si aquel momento fue un producto de su imaginación, un sueño o algo más que escapaba a su entendimiento. Lo que fuese, le dio un soplo de inspiración que, al cabo de un tiempo, plasmó en su primer libro de cuentos del que ya conoces la portada. 

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