miércoles, 11 de enero de 2017

224. De pared a pared

El recuerdo dormía entre paredes de ladrillos desnudos. Se revivía a sí mismo constantemente, arrinconado, prisionero entre la irracionalidad y el poder del odio. Soñaba con la libertad que le fue arrebatada a sus hijos y a sus hijas, que también eran sus padres y sus madres. Siempre despertaba entre las pesadillas que le provocaba verse a sí mismo. La dureza del suelo, su frialdad, terminaban por despejarle. Entonces, sus ojos cansados se clavaban en la pared del extremo del barracón, en una especie de armario sin puertas que alguien había trazado con tiza a modo de burla, una broma cruel. Y siempre, invariablemente, el recuerdo se ponía en pie. Recorría el espacio con dificultad. La crueldad, el desprecio, la intolerancia y la prepotencia se atenazaban a sus extremidades y debía arrastrarlas cual cadenas. Al llegar al otro lado, recogía la tiza del suelo y escribía una única palabra en el centro del grafiti; pero al terminar de escribirla, la ocultaba tras unas puertas que garabateaba con prisa, como si alguien le estuviera vigilando. Agotado, caía en el sitio y volvía a dormirse. 
El recuerdo despertaba aterrado de sus pesadillas, siempre con la sensación de no haber hecho lo suficiente para evitar sus propios errores. Miraba los ladrillos de su encierro y no se sentía a salvo. Entonces se daba cuenta de que al otro lado del barracón, alguien había dejado escrita una palabra: «amor». No sabía si aquello era un sarcasmo, una provocación o un mensaje de esperanza. No importaba, no tenía tiempo. La angustia se colgaba a su cuello y tenía que cargar con ella hasta llegar al otro lado. Entonces recogía una tiza y cubría aquella única palabra con un armario que siempre dejaba sin puertas porque a esas alturas se encontraba agotado y sólo deseaba tirarse en el frío suelo para dormir.

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