vestidas de tul y seda,
pensando incesantemente
en un arlequín pelucón.
Sus rizos morados,
alocados al viento,
recuerdan la noche
de un mundo mejor.
Dulce noche,
extraña y rumiante noche,
ausente de sueños tranquilos
y llena de opacas estrellas.
Tendido en el suelo,
un manto de terciopelo y amistad perdida,
de esas que vuelan al olvido
envueltas en hojarasca y pena,
en miel y migas para no volver.
Rumiante noche
de presentimientos profundos y amargos,
salidos de un armario en extinción.
Y el arlequín,
cansado de no poder cerrar los ojos,
sólo anhelaba poder dormir.
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