martes, 17 de enero de 2017

230. Entre cipreses

En la buena hora, en la precisa y buena hora, la estatua de la quimera cobraba vida y descendía de su pedestal. Recorría las calles del recinto hasta el armario en el que el cuidador guardaba sus herramientas; con su aliento abría el candado y sacaba el utensilio que necesitara. 

En aquella ocasión cogió una navaja de injertar, echó la cerradura al mueble y volvió a su parcela con la misma parsimonia con la que había llegado hasta la caseta de la entrada. A esa hora no había nadie y la vigilancia nocturna no era necesaria, no en un pueblo como aquel cuya oscuridad dejaba ver las constelaciones. 

Una vez de vuelta, dedicaba toda su atención y esmero a sus rosales. Los arbustos eran suyos porque los había plantado y cuidaba de ellos cada noche, desde que la estrella polar asomaba entre los cipreses de la puerta del cementerio hasta que se ocultaba tras la cripta que la quimera custodiaba como estatua. Entonces, a esa buena y precisa hora, ella volvía a su pedestal y a su vigilante sueño.

El cuidador se había acostumbrado a encontrar en el mismo sitio las herramientas que desaparecían de su armario, pero prefería no saber lo que ocurría con ellas. 


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