jueves, 19 de enero de 2017

232. El lago amarillo

En el lago amarillo llovía de lado, de frente y de costado. En el fondo había una carreta, un armario, una vitrola, tres monedas de oro y una de plata que eran de un juego de mesa llamado 'Palabritas-Palabrotas', un invento que hizo el dueño de todo lo demás. Se trataba de un señor viajero, de barbas y medio sombrero, aficionado a jugar a las damas, al ajedrez, a las cartas, al backgammon, al mahjong, al go y a cuanto juego cayera en sus manos. Era un coleccionista. Le maravillaba descubrir la enrevesada lógica que estaba detrás de cada una de estas creaciones. Quería probarse a sí mismo que era capaz de desarrollar un pensamiento laberíntico y por eso dedicó sus ratos libres a trabajar en su proyecto. Mezcló ideas y conjuros hasta que consiguió acabarlo. 

En el pueblo más cercano al lago amarillo llovía siempre de arriba hacia abajo. Allí no soplaba el viento y, si lo hacía, nunca era cuando llovía. En aquel pueblo se escuchaba la historia de un viejo loco que decía que había desarrollado un artilugio con el que era capaz de abrir puertas a otros mundos, sólo le hacía falta alguien, otro jugador, para poder cruzar al otro lado y volver. Pero nadie quiso jugar con él y, después de un tiempo, dejaron de verle. 

Los habitantes de este pueblo no tenían idea que en el fondo del lago estuvieran todas esas cosas. No sabían la razón por la que en esa parte de la montaña lloviese de lado, de frente y de costado, como tampoco sabían a qué se debía la coloración amarillenta de sus aguas. El viajero, coleccionista y curioso, podría haberles contado algunas cuantas cosas sobre todo esto, pero él estaba en otro mundo y ni falta le hacía volver a un lugar en el que nadie quería jugar con él.  

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