El espíritu deambulaba por las rutas que usaban las caravanas para cruzar el desierto. No sabía hacia dónde se dirigía. Si iba siguiendo ese rumbo era porque necesitaba cruzarse con los viajeros para pedirles su colaboración en la colecta que estaba realizando. Llevaba un armario con forma de hucha, o una hucha con forma de armario. En ella metía todas las palabras que buenamente le donaban. No las quería para sí, sino para crear historias que plantaba en la arena. Tenía la delirante esperanza de que un buen día empezaría a llover y que sus cuentos enterrados crecerían hasta alcanzar tal altura que le marcarían un camino a seguir.
Y en su delirio olvidó absolutamente todo.
No sabía por qué caminaba por aquellas rutas. No sabía para qué
llevaba a cuestas semejante carga. No tenía idea de la razón por la que todos
esos viajeros depositaban palabras dentro de su hucha-armario.
Algo, un dolor, fue creciendo en medio de su pecho. Pero siguió y siguió hasta que no pudo más. Allí, en medio del desierto, sin nadie que pudiera escuchar su lamento, miró hacia el cielo y gritó con todas sus fuerzas.
Entonces, todo se puso del revés.
Desde el suelo llovió arena y con ella cayeron sus cuentos inundándolo todo con las palabras que otros le habían regalado.
El espíritu también cayó, o creyó que lo hacía, porque se vio flotando al lado de la arena y de la tinta de cada letra. Tardó un poco en descubrir que se elevaba hacia el firmamento.
Acababa de encontrar su rumbo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario