El tiempo, ese ladronzuelo, le arrancó los últimos pelos de la nuca y la poca lealtad que le quedaba en el alma.
A esas alturas de su vida, sus cicatrices invisibles le escocían, pero sólo si se acordaba de ellas.
Lo bueno de vivir su vejez en soledad era que no tenía que hablar de sus recuerdos con nadie, por lo que no tenía que rascarse muy a menudo.
De vez en cuando escuchaba que su maldita estupidez de juventud le llamaba desde dentro de su armario, esa culpable.
A veces, sólo a veces, le abría cuando le apetecía algo de compañía para jugar al dominó pero, por alguna razón, no se fiaba de ella.
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