viernes, 27 de enero de 2017

240. Distancias

Marcus perdió el bolígrafo una, dos, tres veces... 

Tenía que escribir esa carta -era uno de esos raros especímenes que mantenían la lealtad al papel y al lápiz, en su caso a las libretas de notas y a los bic azules- que se había prometido que no pasaría de esa hora, de esa mañana, de ese día. 

Llevaba prometiéndoselo durante uno, dos, tres años... 

Tenía que escribir esa carta porque no se le ocurría otra manera de acercarse a ella, la chica más perfecta -era una de esas bellezas extrañas, que combinaba su aversión por los estereotipos con la naturalidad de su sonrisa y de su carácter alegre- con la que día a día compartía los mismos espacios de trabajo. 

Llevaba boicoteando cada oportunidad de acercarse, de hablar sobre alguna otra cosa que no fuera un asunto de la oficina, de quedar con ella sin que los demás estuviesen presentes.

Y lo llevaba haciendo durante una, dos, tres vidas... 

Se sentía tan lejos. Ella, sentada tan cerca de la puerta de la jefa. 
Él, sentado al lado del armario de los bolígrafos y de las libretas. 
Entre ambos, un par de compañeros. Suspiró. 
No quería perder la perspectiva que tenía en ese momento. 
La carta podría esperar un día. 

Y así sería durante dos años y tres vidas más...

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