lunes, 16 de enero de 2017

229. Po

En un rincón del armario, de cuya balda no quiero acordarme, habitaba una ingeniosa polilla de aspecto shepeco, alargada sombra y vuelo perturbador. 
Aquel diminuto ser tenía una misión: cuidar y proteger a los habitantes de la Ciudad Durmiente de los malhechores que saqueaban sus casas amparados en la oscuridad de la noche. O ese era el deber que la buena polilla deseaba tener, pues, ninguno de los malhechores con los que se había cruzado desde que dio inicio a su alocada empresa, le había hecho caso. Sucedía que esta espontánea heroína era invisible en las tinieblas. 
Pero una noche en la que sobrevolaba la ciudad, observó unas extrañas luces que se movían en el cielo. Como buena polilla, no pudo evitar su naturaleza de ir tras una luz y, sin la más mínima precaución, fue tras el objeto que las emitía. No tuvo que volar demasiado porque las luces atraparon su debilucho ser. 
La nave alienígena la llevó a dar un paseo sideral, del que regresó un poco cambiada. 
La pequeña se las había ingeniado para trabar amistad con sus secuestradores y ellos accedieron a transformar su código genético. A su vuelta, cada vez que volaba encima de algún malhechor, era capaz de dejarle su sombra marcada, como si se tratara de un tatuaje. En muy poco tiempo esta marca causó terror entre el mundo del hampa, pues se trataba de una radiación de polonio cuyos efectos son más que conocidos.


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