La adivina vivía en la segunda planta de la vieja fábrica de muebles, en lo que antes había sido una oficina.
La primera planta la dividió en cuatro espacios: la esquina en la que recibía a sus clientes, la esquina en la que recibía a sus invitados, la esquina en la que meditaba y la esquina de almacenaje en la que arrinconó todos los muebles que encontró en la fábrica y que estaban sin terminar.
Ella, que también era muy manitas, dedicaba parte de su tiempo a restaurarlos.
A veces sus clientes se interesaban en alguno de estos muebles y se los vendía; otras veces los subía a su casa, según cambiaban sus necesidades.
Llevaba casi toda la vida pensando en la reencarnación de la anchoa, porque el problema de la inmortalidad del mosquito lo había resuelto durante su primera infancia. Básicamente ese era el único asunto que dominaba su pensamiento: mientras leía la fortuna en las cartas para sus clientes, cuando tomaba el té y galletitas con sus visitas, durante sus sesiones de meditación y cuando trabajaba en algún armario, o estantería, o mesa, o silla...
Tenía una vida de la que no se podía quejar. Era tranquila y a la vez interesante, porque con su trabajo como adivina conocía a mucha gente y siempre tenía algo nuevo que contarle a sus amigas.
Pero sentía que le faltaba algo muy importante y eso pasaba por tomar una decisión. Así es que cerró su consulta, se despidió de sus amigas durante una temporada, dobló el tiempo de sus sesiones de meditación, el del trabajo en sus muebles y el resto, se dedicó a tomar notas sobre sus teorías acerca de la reencarnación de la anchoa.
Luego, cuando terminó, había escrito todo un tratado.
Además, adivinar y conversar se le dio mucho mejor.
...la reencarnación de la anchoa,...ja ja ja ja jaaaaa!!!
ResponderEliminar