miércoles, 8 de junio de 2016

7. La prisa.

     ─...La encontrarás en la cima de su montaña observando el horizonte, que es desde donde le vienen las imagenes del futuro. Al llegar arriba, mantén la distancia y espera; cuando ella sienta que es el momento, te llamará a su lado. No la interrumpas y, sobre todo, guarda silencio.─El viejo frunció el ceño, cruzó los brazos y escudriñó de arriba a abajo al muchacho que había ido a verle, según dijo, por recomendación de los viejos de su pueblo. Sonrió maliciosamente. El muchacho no había dicho nada pero algo en su actitud le mostró lo que quería saber. Entonces le hizo un ademán para que se marchara y volvió a su partida de ajedrez.
     El muchacho se fue diciendo un rápido "hasta luego". Llevaba más prisa que agradecimiento. No tardó en llegar a la ruta que conducía a la montaña y se perdió de vista entre los árboles.
     ─¿Por qué no le contaste lo que...? Otras veces te explayas más en los consejos que les das a los muchachos. ¿Qué te pasó con éste? ─Le preguntó el viejo que estaba jugando con él.
     ─Este chico no vino a verme para escuchar consejos del modo en que debería acercarse a ella. Sólo quería que le indicara el camino más rápido para encontrarla. Ese chico soy yo mismo con sesenta años menos; y yo no habría escuchado a nadie, sobre todo si querían indicarme alguna advertencia.
     ─Al menos tú te recuperaste...
     ─No fue fácil. ¿Sabes los años que tuve que dormir dentro de mi armario porque no tenía otro modo de aguantar la oscuridad? Tardé mucho tiempo en comprender que ella es sabia y en realidad me dio lo que yo necesitaba. Pero tuve que volver a enfrentarme a ella con otra actitud para poder regresar de sus entrañas. No todos logran hacer eso.


     El muchacho, después de algunas horas de caminata cuesta arriba, llegó a la cima y la vio justo como le habían dicho. Había hecho ese viaje porque no quería perder tiempo en buscar aquello que lo haría rico y poderoso. Así es que quería que ella le dijera lo que veía en su porvenir y, según eso, haría todo cuanto estuviese en su mano para conseguir sus deseos. Haciendo caso omiso a las palabras del viejo caminó hacia ella mientras, casi a gritos, le hacía sus preguntas. De un momento a otro, ella se giró hacia él. En sus ojos y en su boca no había nada. Nada. Él, espantado, quiso retirarse, pero ya era demasiado tarde porque ella, la locura, lo engulló.

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