lunes, 27 de junio de 2016

26. Serenidad

Mamá loba estaba agobiada. Sus lobeznos no le estaban dejando ni un minuto de respiro. El más grande se había metido a dormir la siesta dentro de la cesta de la ropa que acababa de recoger del tendal. Sus dos lobeznas de en medio decidieron hacer jardinería: le podaron las gardenias, las rosas y los geranios hasta dejarlos pelados; sacaron la tierra de los tiestos, la convirtieron en lodo y lo dejaron todo tirado para perseguir a una lagartija. Mientras que el más pequeño, un enloquecido de la cocina, había decidido inventar un postre mezclando harina, mermelada y manzanas en rodajas.
La pobre madre, harta de ver la casa patas arriba, abrió las puertas de su armario, entró en la cueva y allí se quedó. En la oscuridad cerró los ojos y empezó a pensar en su vida. ¿Dónde se había quedado la época en que iba a su aire sin preocuparse por nada ni por nadie más que por ella misma? Hubiese querido aullar hasta quedarse dormida, pero entonces sus hijos habrían sabido dónde estaba. Siendo sincera, quería perderlos de vista, aunque sólo fuera por un rato. Estando en la oscuridad le ocurrió algo inusual: empezó a verse como si fuera otro ser. De pronto su necesidad de controlarlo todo se esfumó. Los lobeznos volverían a hacer de las suyas, como lo hacían todos los días; pero eso, desde donde se estaba viendo, carecía de importancia. La frustración que sintió antes, frente al desastre ocasionado por sus hijos, desapareció dejando en su lugar una sensación, una actitud frente a lo cotidiano, ataraxia. No había razón para sentir miedo de estar haciendo mal su trabajo como madre: sus hijos tendrían que irse, que seguir con sus vidas y ella los estaba preparando para valerse por sí mismos. De eso estaba segura. Lo estaba haciendo bien, lo demás no dependía de su voluntad. Con esa tranquidad, salió de la cueva y cerró el armario.
Halló a los cuatro lobeznos ayudándose a recogerlo todo. Según supo después, al no encontrarla por toda la casa, temieron haberla enfadado tanto que los hubiese dejado de querer... Ella, amorosa, les explicó lo que tenían que hacer con esa clase de ideas; pero eso lo hizo otro día.

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