El maletín utópico estaba lleno de medidas arbitrarias. La clarividencia del portador de aquel desasosegado objeto estaba siendo atacada por ideas sin valor que, aunque no tenían ánimo de lucro, distraían su concentración. El tañido de una campana le recordó que "el que quería ser" estaba por iniciar su camino de retorno.
Las alabanzas proferidas al statu quo disfrazado de esperanza se mezclaban con los vítores que la multitud dedicaba a su profeta. Su retórica tenía el poder de imprimir a su discurso un aire de prepotencia que enardecía aún más a sus seguidores. Querían que él fuera su nuevo dios.
El portador del maletín llegó a la torre de la campana. Su clarividencia lo condujo hasta el armario transgresor. Después de introducir el desasosegado objeto, subió hasta lo más alto y se aferró a la balaustrada. Sabía que en cualquier momento la campana volvería a retumbar. Mientras esperaba a que eso ocurriera, se fijó en la plaza: el profeta seguía rodeado por la multitud. El sonido de la campana le estremeció; lo que vio en la plaza le causó un incontrolable escalofrío.
Una puerta de luz se abrió. La Verdad, única moradora del armario transgresor, salió y colocándose detrás del profeta, posó sus manos sobre sus hombros. Su rostro, su piel, su cuerpo empezó a secarse y, como si fuera de barro, se cuarteó. Los trozos cayeron dejando al descubierto sus intenciones más sinceras. La muchedumbre se dispersó.
Unos pocos se quedaron al lado de su dios. No querían creer en lo que habían visto. Los demás, cabizbajos, se dedicaron a llorar por las esquinas su mala suerte. Mantuvieron esa actitud hasta que uno de ellos volvió a despertarles la ilusión. Aquel se dio cuenta de que podía alimentarse de las esperanzas de los demás, y quiso ser su profeta.
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