domingo, 26 de junio de 2016

25. Protectores del alma

Todos los días, un ángel se posaba al borde de un barranco. Desde ahí vigilaba a los niños que jugaban en el parque de al lado. 
Una de esas veces, una de las niñas a las que protegía, se apartó del grupo y se sentó al borde del acantilado. Él se inquietó, fue hacia ella y se sentó a su lado.
–Te he visto; siempre te veo en ese sitio. 
Le dijo la niña mirándolo directamente a sus ojos invisibles. Estaba asombrado; nunca le había ocurrido algo así. Quiso responderle, pero en ese mundo, él no tenía voz.
–¿Me puedes hacer un favor? 
Como era evidente que ella podía verlo, asintió.
–No me dejes nunca.
Si hubiese tenido un corazón, habría sentido que se le encogía. Miró a los ojos negros de la niña; en ellos se reflejaba el cielo. Hubiese querido decirle tantas cosas... Pero sólo le sonrió.

Al día siguiente la niña fue a jugar al parque pero el ángel no estaba allí. Algo triste, se sentó en el mismo lugar en el que estuvo hablando con él. Si hubiese sabido las palabras que usaban los mayores, habría dicho que ese fue el momento en el que conoció la decepción. Pero aquello no fue necesario, ni siquiera años después, cada vez que sacaba de su armario un papelito en el que tenía dibujado algo que le hacía pensar en aquel instante. Un gato salido de ninguna parte fue hacia ella y se sentó a su lado, en el mismo sitio en el que se había sentado el ángel. Y el felino nunca la abandonó.

  

1 comentario:

  1. Hermosa y tierna historia, me gusta como finalmente nos llevas a la conclusion que un animalito puede convertirse en nuestra mejor companhia por el resto de nuestra vida.

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