Corazones rotos laten a la deriva...
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Los
ojos vidriosos del osito de peluche observaban, sin pestañear, la
desesperación en los rostros de las personas.
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Olas monstruosas embisten contra esas almas.
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Su
espalda es la única zona que tiene seca y es porque está pegada a un
corazoncito que tiembla de frío y de miedo.
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Miserable gentuza se lucra con sus vidas.
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Él
quisiera girarse, abrazar, consolar, decir algo, cualquier cosa que suene a
esperanza. Pero sabe que, aunque pudiera hacer todo eso, el mar tiene sus
propias normas y en ocasiones no perdona ni entiende de inocencia.
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Personas tratadas como
mercancía, olvidadas a su suerte, han sido condenadas a la muerte o al exilio.
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Un
grito desgarrador se alza por encima de los demás gritos desgarradores. El
corazoncito que lo sostiene lo estruja aún más. Alguien ha caído.
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Alaridos silenciados
por la indiferencia de aquellos que les cierran sus puertas, sus fronteras.
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Se
da cuenta de que los gritos más fuertes son los de una madre y los de un padre…
Silencio… La eternidad en un segundo.
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Rugen los motores de
una embarcación sin bandera.
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Una
luz se refleja en sus ojos. Los gritos cambian, señalan, ruegan, no por ellos
sino por el cuerpecito que flota inerte.
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Toda la humanidad se
reduce a un puñado de hombres y mujeres que lo han dejado todo por rescatar a
personas inocentes.
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Desde
la otra barca, un ángel grita: «¡Está vivo! ¡Está vivo!». El júbilo se apodera
de todos, incluyéndolo a él, aunque no pueda demostrarlo.
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Ideales de amor, de
respeto al otro es lo que nos falta poner en práctica.
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El
afortunado final de aquella noche fue el inicio de una penosa e interminable
espera. Por lo que pudo enterarse, otros no llegaban a tener la suerte de
convertirse en “refugiados”.
Escoger
entre el estigma o la muerte.
Siendo
un objeto, él tenía más posibilidad de tener un futuro.
Sabía
que si lo limpiaban un poco, sólo le haría falta un sello para cruzar esas
fronteras que se cerraban cada vez más, sobre todo aquellas cuya lejanía era
el candado perfecto.
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Recuerda que se recoge
lo que se da, ya sea indiferencia o bondad.
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La
familia a la que pertenecía tuvo la fortuna de no ser separada. Cinco
personas malvivían en una sola habitación, en un piso muy básico, en el que
habían sido colocados junto a otras dos familias.
Tumbaron el armario en el suelo y le quitaron las puertas, dejándolo como una cajonera
en la que dormían los niños. Los padres usaban las puertas para aislarse del frío
del suelo. No se quejaban, sabían que eso era todo un lujo… Todavía siguen
ahí, esperando.
Él
también tiene pesadillas, pero cuando sueña, se ve a sí mismo levantándose de
ese armario para ponerse un sello y enviarse a un lugar donde pueda contarle
al mundo la historia de su familia. Quiere contar que ninguno de ellos es un
terrorista. Quiere decir que los padres son personas honestas, trabajadoras
que, aunque no tienen nada material, están deseosos de compartir su tiempo
para crear una humanidad mejor. Ese es el único legado que quieren dejar a
sus hijos, quieren salvarles del rencor… Sólo así los
pequeños podrán labrarse un futuro digno.
Y
en ese mismo sueño se pregunta: ¿quién escucharía a un osito cuyos ojos
vidriosos se han vuelto opacos, no porque sea malo, sino por la dureza de
todo cuanto ha tenido que pasar?
Entonces
se despierta, y convencido piensa: «No sé cómo, pero de algún modo me
haré escuchar.»
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Me encantó el texto, además ,el uso versátil del armario,...
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