lunes, 6 de junio de 2016

5. En la pared.

—¡Las gracias las hará el mono! —dijo la joven maga de espaldas a su público. Estaba terminando de dibujar un grafiti de tiza blanca, en la pared de hormigón de la esquina.  Al decir aquello de aquel modo, causaba cierto estupor en quienes permanecían atentos a sus movimientos. Solía escucharse cierto rumor, como si entre todos se preguntaran si había dicho "dará" o "hará". Los cuchicheos no duraban porque casi de inmediato la gente prestaba atención al mono. Éste cogía la chistera de encima de la caja de cartón que, vacía y volteada, la maga usaba a modo de mesa. Llevaba el objeto con ambas manos y lo pasaba entre los espectadores para recaudar la voluntad. Les hacía morisquetas y reverencias logrando sacarles risotadas y, en ocasiones, un aumento en sus contribuciones. El espectáculo lo merecía. Ninguno de los que ahora eran una pequeña multitud agrupada en semicírculo habría imaginado que la muchacha de vaqueros gastados, playeros y camiseta blancos, con coleta de colegiala, tenía tal talento para el ilusionismo. Sólo su chistera y su capa relacionaban su aspecto con su oficio. Hizo un último trazo, se giró hacia su público, dio un par de pasos al frente, posó la tiza en la caja-mesa y lanzó una retahíla de besos al aire. De inmediato, el mono volvió a su lado, le entregó la chistera y se sentó. Con un ademán, ella mostró su dibujo al respetable: era un armario que tenía las puertas abiertas y estaba vacío. Se puso la chistera, volvió sobre sus pasos, pegó su espalda a la pared, se quitó la capa y se cubrió con ella. De un momento a otro, la capa cayó: ella había desaparecido y las puertas del armario, estaban cerradas. El mono corrió, recogió la capa, la arrastró, cogió la tiza y, sin girar la caja, metió la capa dentro y él fue detrás.
Unos minutos después, que fue lo que tardaron en reaccionar de la estupefacción, uno de los presentes se acercó a la caja y la levantó. Dentro no había nada, salvo un círculo de tiza dibujado en el suelo. Un repentino viento levantó la polvareda y se llevó los dibujos. No quedó nada del círculo ni del armario. La muchedumbre se disolvió. A los pocos minutos, todas esas personas habían olvidado lo que habían visto en aquella esquina. Ninguno tuvo la necesidad de volver, ni de hacerse más preguntas. 
Ninguno sabe que cada noche, en el callejón de al lado, aparece un grafiti de tiza: un armario con las puertas abiertas que está vació y que no tarda en ser borrado por el viento.

2 comentarios:

  1. Me en cantóóóó !!!! porque ese mono soy yo!!! ,... qué bandida !!!... Además un texto muy, pero que muy fresco,... O no??!!,... digo, lo del mono y yo...

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