Luna llena de junio ilumina un caldero. Un gato negro de traje añil con un atizador de hierro y con un soplador de cuero aviva la lumbre. La bruja Curuxa aparece en escena portando una vela, un libro y un atril. Coloca todo lo que lleva con una morisqueta y de un armario imaginario saca unos cuantos frascos. Preparar el elixir requiere un conjuro que, sin mucho apuro, en su recetario encuentra:
Dos gotas de sueños
diez dientes de risas
un soplo de brisa
y empieza a mover.
Si crees que puedes
tienes el poder.
Si crees que puedes
tienes el poder.
El pasado te enseña
a crear tu futuro
el fruto maduro
te lo comes hoy.
Termina el brevaje
moviendo a la contra
que así se derrota
a la pereza tonta.
No es gran proeza
pero casi está listo
aún falta el secreto
que no escribiré.
La bruja Curuxa miró a un lado y a otro, cogió el frasco más pequeño, lo sacudió con esmero y acercando el gotero al caldero cantó hasta tres:
Esencia de vainilla
felicidad y maravilla
y si no lo pillas
me harás reír.
El gato miró a la bruja, se estiró un bigote y acabó este relato, que más se parece a un garabato sin rima y sin fin.
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