El poeta muerto despertó en medio del campo de batalla. Se incorporó mientras los demás muertos le sonreían: él sería su voz, quien no dejaría que su muerte quedara en el olvido. Los harapos que vestía eran el residuo de todas las guerras, de todos los odios, de todas las indiferencias que asolaban ese mundo. Lo que quedaba de sus botas era poco, se le salían, le hacían daño. Descalzo, caminó sintiendo los cuerpos; algunos estaban fríos, otros todavía calientes. Sangre, vísceras, miembros mutilados de amigos y enemigos se mezclaban en una misma masa informe. Quiso ser respetuoso, evitar pisarlos; pero le fue imposible... Los muertos le hablaron para consolar sus lágrimas, para animarlo a que continuara porque a ellos no les estaba haciendo daño; habían dejado de sentir.
A los lados, las inexistentes paredes de los edificios dejaban ver los interiores. La cotidianeidad sorprendida por el terror, suspendida en el tiempo. Un armario llamó su atención: era lo único que tenía color en medio de toda la polvareda, entre todo el ambiente gris. El mueble tenía una tonalidad de verde que le hizo pensar en el bosque. "¡Qué bien se estaba entre los árboles!" pensó y siguió arrastrando los pies para no dañar a los cadáveres; pero éstos se fueron convirtiendo en ceniza a su paso. Los muertos que aún no se habían vuelto polvo le dijeron que fuera hacia el armario-bosque. Así lo hizo.
Aquel era un mueble extraño, no sólo por el color. Dentro no había nada salvo una barra de madera de las que colgaban unas perchas sin usar. Pero, lo que llamó su atención, fue el fondo que no era tal, sino otras puertas vistas desde dentro. Las empujó y salió a un lugar que no tenía nada que ver con el campo de batalla.
Era una playa en la que no había ni un sola partícula de arena. En su lugar había hierba que cubría la orilla y se adentraba en las profundidades del mar. El contacto de sus pies, de su cuerpo con esas hojas le causó alivio. Tendido, mirando hacia las nubes, tomó una decisión. Escribiría los poemas de todas las historias que seguía escuchando de cada uno de sus hermanos y hermanas muertos. Es así como el buen poeta gris se sacudió el polvo de las barbas y recostado sobre la verde vida, decidió resucitar.
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