martes, 7 de junio de 2016

6. Decisión.

Despertó de un sobresalto. Aquella voz volvió a retumbar dentro de la habitación que no tenía puertas ni ventanas. «Tienes que decir la palabra.», le decía como si le susurrara gritando. Sus ojos apenas podían ver, tampoco quería hacerlo, no iba a descubrir nada que no hubiese memorizado durante las primeras horas, durante los primeros días, años, o siglos de cautiverio. A ratos sentía que su ser se había fusionado con la silla de la que no había podido levantarse porque estaba atado a ella de pies y manos. Estaba agotado o se había rendido, ya no sabía muy bien la diferencia. Su voluntad, desde luego, había sido condicionada, reducida al mínimo movimiento, a la nulidad del deseo, a la evasión del pensamiento. Había memorizado las tonalidades verde, azul y gris que se mezclaban y separaban en las paredes, en el suelo y en el techo. Sabía hasta el hartazgo que detrás suyo había una caja enorme de madera, de la que sólo había podido observar su reflejo porque, aunque podía mirar hacia atrás, lo que él veía era el respaldo de su silla. Lo único que le daba cierto alivio era el movimiento giratorio del espejo de dos caras que levitaba delante suyo. Aquel objeto iluminaba la estancia a ratos. El lado que le mostraba su reflejo y el de la caja, era oscuro pero captaba la luz que provenía de la otra cara. Cuando la segunda cara quedaba de frente hacia él, la luminosidad solía hacerse más tenue. Ese lado del espejo le mostraba otra realidad, otro mundo, otro ser. Se trataba de una mujer que no terminaba de ser feliz. Él lo sabía porque lo veía en su mirada, que como todo en esa habitación, conocía de memoria. A veces quería hablarle, decirle que él estaba ahí, al otro lado; decirle que a pesar de su prisión, quería ayudarla y hacer algo por ella. Otras veces se obligaba a cerrar los ojos porque verla le dolía mucho más de lo que le dolía su propio ser. «Tienes que decir la palabra.» Esta vez la voz no lo sacó de quicio retumbando entre esas cuatro paredes; esta vez sonó como un verdadero susurro, despacio, como si le hablara de verdad al oído. El lado del espejo que no reflejaba su imagen estaba a punto de quedar frente a él. Sería por el susurro o por haber pensando en ella, el caso es que quiso verla. La voz volvió, le siguió hablando bajito, pero esta vez le dijo algo que no le había dicho nunca: «Tú sabes cuál es esa palabra, si la dices, te hará fuerte.» El movimiento del espejo, que llegó a pensar que era perpetuo, se detuvo. Ella estaba delante de él y desde esa otra dimensión, lo estaba mirando directamente a los ojos. La vio mover los labios, decir algo que no pudo escuchar. Entonces, sus grilletes se soltaron. De un impulso se puso en pie. No estaba cansado, ni le temblaban las piernas; todo lo contrario, se sentía fuerte, más fuerte que nunca. Tuvo una intuición y se giró. La caja se estaba separando por la mitad y estaba formando una entrada. No lo dudó, y de otro impulso, se metió. La caja se cerró detrás suyo de un golpe y él quedó en la oscuridad. No sintió miedo; si sentía algo, era tranquilidad. Una luz empezó a colarse; le venía de frente. Ese lado de la caja empezó a volverse traslúcido. No podía, no quería dejar de mirar. Ella apareció delante, mirándolo directamente a los ojos, como antes; le extendió sus manos y con sus dedos, tocó su rostro, pero él sólo sintió un ligero mareo. Cuando volvió a abrir los ojos, se dio cuenta de que él se había convertido en parte de ella y que ella se estaba mirando en el espejo del armario.
Esa noche, la mujer escribió de un tirón su primera novela. Su talento había cobrado vida y ella estaba empezando a ser feliz.

2 comentarios:

  1. Fantástica história. Me encanta que empiece a ser feliz...

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  2. ...ese espejo de dos caras, al mismo tiempo alivio y martirio agobiante que lo mantiene prisionero... Finalmente se decide y libera. Se permite a sí mismo la felicidad... Bravo!!!

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