domingo, 5 de junio de 2016

4. La felicidad es...



Corazones rotos laten a la deriva...



Los ojos vidriosos del osito de peluche observaban, sin pestañear, la desesperación en los rostros de las personas.

Olas monstruosas embisten contra esas almas.


Su espalda es la única zona que tiene seca y es porque está pegada a un corazoncito que tiembla de frío y de miedo.

Miserable gentuza se lucra con sus vidas.


Él quisiera girarse, abrazar, consolar, decir algo, cualquier cosa que suene a esperanza. Pero sabe que, aunque pudiera hacer todo eso, el mar tiene sus propias normas y en ocasiones no perdona ni entiende de inocencia.

Personas tratadas como mercancía, olvidadas a su suerte, han sido condenadas a la muerte o al exilio.


Un grito desgarrador se alza por encima de los demás gritos desgarradores. El corazoncito que lo sostiene lo estruja aún más. Alguien ha caído.

Alaridos silenciados por la indiferencia de aquellos que les cierran sus puertas, sus fronteras.


Se da cuenta de que los gritos más fuertes son los de una madre y los de un padre… Silencio… La eternidad en un segundo.

Rugen los motores de una embarcación sin bandera.


Una luz se refleja en sus ojos. Los gritos cambian, señalan, ruegan, no por ellos sino por el cuerpecito que flota inerte.

Toda la humanidad se reduce a un puñado de hombres y mujeres que lo han dejado todo por rescatar a personas inocentes.


Desde la otra barca, un ángel grita: «¡Está vivo! ¡Está vivo!». El júbilo se apodera de todos, incluyéndolo a él, aunque no pueda demostrarlo.

Ideales de amor, de respeto al otro es lo que nos falta poner en práctica.


El afortunado final de aquella noche fue el inicio de una penosa e interminable espera. Por lo que pudo enterarse, otros no llegaban a tener la suerte de convertirse en “refugiados”.
Escoger entre el estigma o la muerte.
Siendo un objeto, él tenía más posibilidad de tener un futuro.
Sabía que si lo limpiaban un poco, sólo le haría falta un sello para cruzar esas fronteras que se cerraban cada vez más, sobre todo aquellas cuya lejanía era el candado perfecto.

Recuerda que se recoge lo que se da, ya sea indiferencia o bondad.


La familia a la que pertenecía tuvo la fortuna de no ser separada. Cinco personas malvivían en una sola habitación, en un piso muy básico, en el que habían sido colocados junto a otras dos familias.
Tumbaron el armario en el suelo y le quitaron las puertas, dejándolo como una cajonera en la que dormían los niños. Los padres usaban las puertas para aislarse del frío del suelo. No se quejaban, sabían que eso era todo un lujo… Todavía siguen ahí, esperando.

Él también tiene pesadillas, pero cuando sueña, se ve a sí mismo levantándose de ese armario para ponerse un sello y enviarse a un lugar donde pueda contarle al mundo la historia de su familia. Quiere contar que ninguno de ellos es un terrorista. Quiere decir que los padres son personas honestas, trabajadoras que, aunque no tienen nada material, están deseosos de compartir su tiempo para crear una humanidad mejor. Ese es el único legado que quieren dejar a sus hijos, quieren salvarles del rencor… Sólo así los pequeños podrán labrarse un futuro digno.
Y en ese mismo sueño se pregunta: ¿quién escucharía a un osito cuyos ojos vidriosos se han vuelto opacos, no porque sea malo, sino por la dureza de todo cuanto ha tenido que pasar?
Entonces se despierta, y convencido piensa: «No sé cómo, pero de algún modo me haré escuchar.»






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