Iba flotando en su nube, por encima de los tejados de la ciudad sin nombre. Ella, ajena al mundo cotidiano, se desplazaba siguiendo los sentimientos desoladores de los habitantes, sus frustraciones, sus desesperanzas. No se dedicaba a escuchar sus problemas, no. Lo que escuchaba era sus silencios.
El cometido de sus recorridos nocturnos era devolverle los sueños a quienes los hubiesen perdido, no por no poder dormir, sino porque se resistían a soñar... Aquello que los mantenía prisioneros, encerrados dentro de si mismos, podían solucionarlo en ese mundo al que le tenían miedo. Ella sólo les abría la puerta.
Una vez terminada su labor, su nube la devolvía a la ventana de donde la había recogido, directamente sobre el armario, que era donde le gustaba dormir. La placa dorada que colgaba de su collar ponía "Genia", peculiar nombre para una gata. ¿Sería que ella lo habría ronroneado a sus dueños mientras dormían?
Atreverse a soñar podría convertirlos en seres realmente libres , valientes,...
ResponderEliminarMe encanta tu cuento, Romi. Nuestro mundo tiene demasiadas guerras y muy poco sueños.
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