Caperucita sin Ton ni Son vivía en una ermita abandonada en lo alto de la montaña macabra. Su abuelita, la eterna señorita, solía cruzar el valle en su parapente para ir a visitarla. Esa tarde estaba distraída y no se dio cuenta de que volaba directa hacia el globo aerostático del lobo meteorólogo. La abuelita viró en el último momento pero el viento, en lugar de ayudarla, la empujó dentro de la barquilla. El lobo, del susto, perdió el control del artefeacto y comenzaron a caer... La suerte del lobo meteorólogo y de la abuelita, eterna señorita, fue que fueron a parar al río. El viejo lobo y la moderna abuela, aturdidos por el accidente, tardaron en reconocerse. Llevaban años coincidiendo en el mismo salón de baile; siempre se miraban de lejos pero nunca se atrevieron a acercarse. Después de arreglar un poco el enredo de telas, cables y demás estropicio, se acomodaron en la barquilla. El lobo, que además de científico era un galante caballero, abrió la cesta de su merienda, dividió todo su contenido por la mitad, y se lo ofreció a su avergonzada acompañante que no dejaba de disculparse con él. Ambos iniciaron una charla tan agradable y tan entretenida que se olvidaron de que iban a la deriva. No sabían si fue poco o mucho tiempo después que escucharon unas voces y se asomaron para ver lo que pasaba. Ton y Son les estaban llamando desde el armario que usaban de barca para cruzar el río cada vez que iban a visitar a su amiga. Esa tarde Caperucita no recibió ninguna visita en su ermita.
Plop!
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