Rebecca estaba en su cabaña, en lo alto del Ohgje, vigilando el juego de sus hijos: Samir nadaba con sus amigos delfines mientras que Ámbar permanecía en la orilla, quieta, con sus piececitos enterrados en el barro rojo, como siempre hacía cada vez que su hermano entraba al agua. La pequeña no sabía nadar y no quería aprender a hacerlo. Se le había metido en esa cabecita testaruda que los delfines podían llevársela a vivir con ellos. No tenía idea de dónde, o de quién había podido sacar semejante idea, porque los tres llevaban mucho tiempo viviendo solos en esa isla de la laguna. Aunque de vez en cuando recibían la visita de su abuela, de su madre, o de su hermana, ellas no se quedaban durante mucho tiempo. Siempre que iban le decían que se tomara su tiempo para volver, pero que pensara en los chicos, en que ellos debían empezar su formación en La Ciudad-Puerta de la Muralla y que debían empezar a relacionarse con otros chicos. Tenían razón. Además, por más que se esforzaba, no conseguía recordar nada de lo que le ocurrió antes de volver con sus hijos a esa selva de Kalaij. Ellas intentaron ayudarla, pero lo máximo que consiguió recordar fue que antes de tener a los niños, había querido retomar su formación como Koyamak-Kamayok. Suspiró. Samir estaba saliendo del agua y Ámbar estaba corriendo de vuelta. Entonces dejó de apoyarse en la barandilla de madera y entró. Fue al único armario que tenía y en el que guardaba de todo menos ropa; como casi no la necesitaban, la poca que tenían limpia la guardaban en fundas que luego usaban como almohadas a las que se abrazaban para dormir en sus hamacas. De entre todos los trastos que tenía perfectamente ordenados, sacó su diario. En él tenía apuntados todos los nombres de todos los hijos que tuvo a lo largo de sus más de trescientos años, todos varones y todos muertos, salvo Samir. Respiró hondo y aguantó el dolor. Había algo en sus entrañas que le decía que con ellos sería diferente. Volvió a respirar y empezó a escribir la S. Para cuando terminó con la R todo ese miedo se había transformado en seguridad: supo que él sí iba a crecer, a hacerse mayor. A continuación empezó a escribir la A. Entonces se detuvo. Fue como si recién se hubiese dado cuenta de que Ámbar era su única mujercita, y en un suspiro se le escapó: "Mi hijita".
Interesante modo de volver sobre los personajes de tu historia
ResponderEliminarY porqué no hacer una regresión de Kipu?? Me gusta
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