Tenía frío, mucho frío. Quise moverme pero no pude. Pensé que estaba en uno de esos sueños en los que hay alguien que te sujeta, que te empuja contra la cama mientras te echa su aliento de miedo; cuando tienes esos sueños, en el fondo sabes que aquel ser no es de los que respiran. Pero entonces abrí los ojos y supe que no estaba soñando. Aquella no era mi cama, sino una camilla metálica, de esas en las que echan a los muertos. Estaba segura que yo no lo estaba, que no estaba muerta quiero decir. A los muertos no los atan y yo tenía correas en los tobillos y en las muñecas. No sé por qué me alivió ver que no estaba desnuda, si lo que llevaba puesto era una de esas batas de hospital. Una luz enfocaba mi vientre; suficiente como para que pudiera verme. Lo demás, la oscuridad que me rodeaba, no me asustaba tanto como el silencio. En aquel lugar no había otra alma, no había otro corazón latiendo más que el mío.
Cierra los ojos. No tienes que ver lo que estoy a punto de hacer con este bisturí. Pronto acabará todo y tú estarás mejor, mucho mejor de como estás ahora. Llevo mucho tiempo siguiéndote ¿lo sabías? Pero tú nunca reparaste en mi. No importa. Sé que tu vida no es fácil. Es por eso que he pensado que lo mejor que puedo hacer por ti, el mejor regalo que puedo darte es acabar con tu sufrimiento. Te preguntarás la razón por la cual te he atado a la camilla. Lo hago por ti, para que no luches. Si lo haces, si te levantas, tendría que usar la fuerza contigo... Y yo quiero que tu piel se mantenga intacta. La haré aún más bella, dejaré que te desangres hasta que parezcas una muñeca de porcelana. No me mires con ese terror, ya te he dicho que haré esto por tu bien. Es mejor que cierres los ojos.
Con el bisturí hizo una última incisión con la que abrió la parte inferior del abdomen. Aquella mujer era demasiado joven para haber muerto de ese modo. Cada vez que tenía un cuerpo nuevo en su mesa, intentaba ser amable, tratarlo con respeto; pero, en su interior, no podía evitar dejar que su imaginación tomara el control. Mientras extraía las vísceras, pensó en que esa mujer bien podía haber sido víctima de algún psicópata. La imaginó a ella en un lugar parecido a la sala de autopsias, probablemente sobre una mesa metálica, sin saber lo que iba a ocurrirle. Imaginó a su verdugo dirigiéndose a ella, hablándole con una especie de devoción enfermiza. Lo imaginó como si fuera un tipo parecido a él mismo, tanto en modales y como en fisonomía. Le estremeció el rumbo que estaban tomando sus pensamientos y se sacudió para despejarse. Tuvo que repetirse un par de veces que él era de los buenos. Examinó los intestinos hasta que encontró la causa de la muerte. De entre todos los sacos infectados había un divertículo que estaba limpio. Usó hilo de sutura para ahorcar los bordes de tal modo que no perdiera su redondeada forma, lo extrajo cuidadosamente y lo dejó a un lado, en la bandeja. De un armario sacó un frasco de cebollas encurtidas y lo metió dentro; solía tener antojos extraños cuando hacía el turno de medianoche. Un teléfono sonó fuera. Se quitó los guantes y salió por la puerta batiente.
La puerta de la trastienda se cerró tras de si. El teléfono sonaba insistentemente. Si es que no podía permitirse estar más de diez minutos colocando los libros por la simple razón que, si se le ocurría abrir alguno, se le olvidaba lo demás. La librera estaba segura de que la estaban llamando para hacerle algún pedido. No sabía cuánto tiempo había estado leyendo aquel extraño libro de cuentos. Tenía hambre y asco al mismo tiempo. Descolgó su teléfono negro con marcación de disco que acababa de comprar en un rastro y contestó. Una voz fría, sin alma, le dijo: «no te muevas, que voy».
Qué miedo!!!,...
ResponderEliminarWow!!!, este me encanto. Una descripcion profunda del sentir en esa situacion y me encanto como me tuviste colgada de la lectura de principio a fin.
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