Extendió la mano y no lo pudo evitar, ya estaba dentro.
En el laberinto escogió la segunda entrada, la que estaba en el centro. Los setos se alzaban muy por encima de su cabeza. En el cielo, la luna llena. No esperaba que todavía fuera de noche. Miró hacia atrás, quiso volver por donde había llegado, pero los setos se movieron y cerraron la entrada. Se reprochó por no haber recordado el algoritmo y ya era demasiado tarde para dejar un rastro; aunque, visto lo visto, habría sido inútil aplicar esos enrevesados pasos que, dicho sea, tampoco recordaba... Miró sus pies descalzos y su camisón de dormir. Suspiró. Nunca le daba la gana de usar su albornoz ni sus pantuflas, así es que tendría que aguantar el frío del ambiente y la humedad del suelo de tierra.
El laberinto, que cambiaba cada vez que se adentraba en una calle, le resultaba cada vez más inmenso, desesperante, agotador y eterno. Ella tuvo que alimentarse de las hojas y beber rocío. En aquel lugar, en el que nunca fue de día, ella se hizo anciana. Sus pies, sus manos, su piel, habían cambiado. Su cabello largo que ahora era gris y blanco, cubría lo que ya no cubría su raído y casi inexistente camisón. Había olvidado todo, hasta su nombre. En ocasiones acudían palabras o frases sueltas a su mente, pero todas carecían de lógica salvo una frase que se repetía constantemente: «Si algo tengo es muchosidad». Solía decirla en voz alta y echarse a reír. Aquella frase le proporcionaba algo de razón, cierta lucidez sobre su propio sinsentido. Feliz, volvía a retomar los caminos cambiantes del laberinto. Y ocurrió así durante siglos.
Una noche cualquiera, en la que todo era igual que siempre, escuchó una voz que le dio los buenos días. Se giró y vio que un hombre iba hacia ella. Era joven y apuesto. Entonces tuvo conciencia de su vejez, de su cuerpo marchito y entristeció. Los recuerdos volvieron a su mente, todos de golpe, todos gritándole desde su interior quién era él. Le había reconocido y no quería que la viera así, con esas pintas...
─Cariño, ¿por qué te has levantado tan pronto? ─Le dijo mientras iba hacia ella frotándose los ojos.
─Estaba... Tengo que prepararme para la reunión de la directiva ─contestó fijándose en que su mano estaba dentro del armario, cogiendo la percha con el traje que había preparado la noche anterior. Luego de un inevitable bostezo, continuó─: Quiero llegar pronto para terminar de organizar el laberinto de documentos que debo presentar.
─Lo harás bien, ─dijo abrazándola por la espalda. Levantó las cejas para obligarse a abrir los ojos y con una sonrisa agregó─: tú no has perdido tu muchosidad.
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ResponderEliminarQué lindo!!!,... Aunque me dio penita cuando se perdió y se puso canosa. Recordé a alguien que ahora está chimuela y a otra de las Rebecas que tiene trescientos años,... Hasta que, me di cuenta que ella lo había soñado,... O no???,... Es una de mis cecimuchosidades,...
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